Lo mejor de esta semana

-Tiíto Creepy, ZombiD... uno de nosotros se ha zampado todas las galletas que hice anoche, y me propongo probar quién fue. - digo, de espaldas a ellos. Puedo ver sus rostros en el espejo que está frente a mí. Mi tío bosteza. ZombiD mira a todas partes, y creo que sudaría si aún pudiera. - ¡Fuiste tú, Tío Creepy! - Mi tío salta de la silla gritando que es mentira y golpea la mesa con el puño - ¡Deja de fingir! - contesto, lanzando un montón de pasas sobre la mesa - ¡Sé que no te gustan las pasas, y encontré todas estas bajo tu cama! ¡Te comiste las galletas, y dejaste las pasas!

   -¡Eso no prueba nada! - sonríe, triunfal - ¡Las galletas eran de chocolat...! - se para en seco y se tapa la boca con las dos manos. 

   -¡Ah, canalla! - le increpa ZombiD - ¡Tragón, egoísta!

   -ZombiD, menos epítetos... ¡que tú no fuiste el culpable sólo por que él se las zampó antes...! - Sonrío. D me mira con los carrillos llenos de indignación. 

   -¡Y tú tampoco te pongas tan digna, que si sabes eso, es porque me viste,  y si me viste, es porque tú también ibas a meter mano en el tarro!

    Eeeeh... bueno, creo que será mejor que dejemos éste tema tan desagradable, mejor vamos a ocuparnos de la película de hoy, que también tiene que ver con juicios. Hoy, en Cine que ya tendrías que haber visto: Matar a un ruiseñor. 




   Los títulos de crédito nos llevan a una caja de tesoros de niños, donde hay un reloj, monedas, figuritas esculpidas en jabón y lápices de colores, y la narración nos sitúa en una pequeña población sureña de la primera mitad del siglo pasado. Nos encontramos en los años de la gran depresión, los Terribles Años Treinta. Es un caluroso verano, y los dos hermanos Finch, Jem y Scout, de once y seis años, niño y niña respectivamente, descubren perezosamente el mundo que les rodea acompañados de su amigo Dill. En el vecindario, casi en la casa vecina a la de los Finch, viven los Radley, y en la casa de los Radley vive, enterrado en vida, un fantasma con cuerpo de hombre. Boo Radley, bautizado Arthur Radley. 

     Alimentados por la leyenda negra de su vecino, los niños no desean más que echarle un vistazo a Boo, de quien tanto han oído hablar pero a quien jamás han visto; por quien sienten tantísima curiosidad, y al mismo tiempo un fortísimo temor. No obstante, la tríada de chiquillos pronto se dará cuenta que tienen que temer más a alguno de sus más sociables vecinos o parientes, cuando su padre, Atticus Finch (un inmenso Gregory Peck), abogado de profesión, tenga que defender a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca. 

     Matar a un ruiseñor fue llevada al cine en 1962, es decir, dos años después de que la novela homónima en que está basada la película saliese al mercado, fuese un éxito de ventas y ganase el premio Pulitzer, y treinta años después de la fecha en la que suceden los acontecimientos ficticios relatados en ella, es decir: que aunque no era cosa de anteayer, nos trasladaban a un pasado bastante reciente que la mayoría de los que vieron el estreno cinematográfico, podían haber vivido en su niñez o su adolescencia, y en lo que se refiere a intolerancia racial, algunos lo siguieron viendo mucho más tarde y aún hoy día. En ese aspecto, mal que nos pese, Matar a un ruiseñor no ha perdido una gota de su fuerza. 

    El personaje de Scout, la niña que narra (interpretado por Mary Badham, que fue nominada al
Oscar a la mejor actriz por su interpretación) es uno de los grandes aciertos en la genial historia. Por un lado, la narración (tanto literaria como cinematográfica) goza de toda la experiencia de la mujer adulta que nos cuenta la historia, pero cuenta asímismo con toda la inocencia y la frescura de la niña que en su día vivió. A través de sus ojos, descubrimos su mundo, el de su hermano y el del amigo de ambos y novio de ella, Dill. Los tres niños juegan, disfrutan leyendo y son imaginativos, siendo su creatividad el más valioso juguete, el que les lleva a idealizar a Boo Radley como una especie de ser sobrenatural, un ogro temible. Durante los tres años que dura la acción, Jem y Scout verán que existen otras personas mucho más temibles que él, y sutilmente la fantasía de los niños y la realidad de los adultos se irán entretejiendo juntas hasta que choquen de dientes y hagan estallar la historia.

     Atticus, el padre de los dos protagonistas, en la señorial figura de Gregory Peck, es un hombre de mediana edad, viudo y letrado. Mientras que los padres de los compañeros de colegio de los niños son aún jóvenes y hacen cosas como jugar al fútbol o similares, Atticus simplemente trabaja y lee (lee a tal punto que sus hijos han aprendido a leer con él antes de ir a la escuela, cosa que no le ocasionará a la joven Scout pocos problemas con su profesora), es ya mayor, su trabajo puede parecer aburrido a la vista de  unos niños... Pero Atticus tiene muchísimas más cosas dentro de las que parecen a primera vista. Al bueno del sr. Finch le han dicho mil veces, incluso sus propios familiares, que un hombre solo no sabe cuidar de dos niños, y menos aún siendo uno de ellos una chica, y el propio Atticus sabe que los niños necesitarían una madre, pero aún así, les da una educación más que saludable (y para todo lo demás, está Calpurnia, la cocinera negra que les educa también, y que, siendo cariñosa, no les deja pasar una), basada en el respeto, en la igualdad, en la bondad... Todo esto lo vemos a través no sólo de él mismo y de su forma de conducirse, sino también a través del personaje de Jem. El hijo mayor de Atticus prácticamente le idolatra y desea ser como él a toda costa; a través de su modo de tratar a los demás, vemos reflejado el carácter de su padre. 


   Matar a un ruiseñor hace referencia no sólo a la segregación racial que existió en los Estados Unidos (recordamos que el Pentágono tiene el doble de lavabos... porque cuando se construyó, era obligatorio hacer lavabos para blancos y "de color"), que imperaba que blancos y negros no podían juntarse, que cada grupo racial tenía sus propias tiendas, bares, iglesias... que los negros tenían que montarse en los asientos finales de los autobuses y no podían entrar a comer a ciertos restaurantes, ni menos aún tener amistad con blancos... y en un caso de violación, pasase lo que pasase, el culpable sería siempre el negro. El que la esclavitud hubiese sido abolida, no había implicado ni muchísimo menos, que la igualdad racial estuviese conseguida. Los negros seguían enfermando más, recibiendo peor educación, y siendo relegados a los peores trabajos y recibiendo menos dinero por ellos. Muchos blancos les seguían maltratando, compadeciendo, mirando por encima del hombro y estafando. Y en palabras de Atticus Finch: "No me importa cuán antigua sea la familia de una persona, lo abultado de sus riquezas o la honra que diga tener; si un hombre blanco se aprovecha de un negro, ese hombre blanco es basura". 

Otro punto en la película, es la pérdida de la inocencia. Scout, Jem y Dill se ven obligados a perderla
a lo largo de la acción,  y si bien se trata en parte de una pérdida "natural" causada por el curso normal del tiempo y el crecimiento, que implica que vas dejando de creer en fuegos fatuos o en brujas, otra parte de esa pérdida de inocencia es forzada por el juicio y el hombre al que defiende Atticus. Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca, Mayella Ewell, se trata de un hombre bueno y físicamente incapaz de cometer un ultraje como del que se le acusa, pero aún así, tiene a toda la población en contra sólo por el color de su piel. Durante el transcurso del juicio, cuando los niños tengan que enfrentarse al prejuicio de sus vecinos contra un hombre que saben inocente, perderán buena parte de su fe en el género humano. Se darán cuenta de cómo hombres y mujeres que les eran simpáticos, se convierten en seres despreciables que prefieren hacer caso a sus ideas preconcebidas en lugar de a sus ojos y oídos. Pero, de nuevo en palabras de Atticus: "El que sepamos que vamos a perder, no es motivo suficiente para no luchar". 

El mismo título de la película y novela, hace referencia a esa pérdida de inocencia y se ha convertido en una frase hecha en gran parte del mundo anglosajón. En concreto, durante la fiesta de Navidad, Atticus regala a sus hijos lo que ellos han pedido: rifles de tiro. Cuando se los da, Atticus podría advertirles que no tiren contra los pájaros, pero como sabe que lo harán diga lo que diga, porque para eso son niños, les advierte simplemente que "maten todos los arrendajos azules que quieran, pero que recuerden que es pecado matar a un ruiseñor". Los niños, que saben que su padre es sobre todo un hombre lógico y poco dado a la religión, no acaban de entender qué quiere decir su padre. Será su vecina, la bondadosa y enérgica srta. Maudie, vieja conocida de Atticus, quien les explique que los ruiseñores no roban el grano, ni picotean la fruta, ni hacen ningún daño a ninguna criatura; todo lo que hacen es alegrar la vida de todos con su canto. Por eso, matar a una criatura que no sólo no hace daño a nadie sino que además intenta ser buena con los demás, es pecado. Con el transcurso de la novela, Scout no sólo lo entenderá plenamente, sino que será capaz de explicarlo a su propio padre cuando él mismo tenga que elegir entre la Verdad y la Rectitud por las que ha luchado siempre y hacer algo que sería como matar un ruiseñor.

En la esquina superior derecha vemos a los niños; los negros les dejan estar allí para que vean el juicio a escondidas.

   Siempre digo que los autores norteamericanos que he leído, escriben deprisa y sin profundidad narrativa, escriben para que sus obras sean llevadas al cine, y en ellas no hay tratamiendo psicológico de los personajes, todo es "acción-acción-acción", aquí nadie piensa, que el lector se aburre y se va a mirar la tele... Matar a un ruiseñor es el capón que me gustó recibir y que me demostró que no todos los autores norteamericanos son Thomas Harris o Michael Crichton. Si la película es una joya, el libro es una verdadera delicia con sabor a café amargo y a tortitas dulces llenas de nata y sirope. Por más que esto sea una recomendación de la película, si podéis conseguir el libro, no dudéis en devorarlo. 

Matar a un ruiseñor se llevó un Oscar a la mejor película (merecidísimo) y es una de esas cintas que es preciso ver, que nos recuerdan que Hollywood fue un lugar grande, donde no sólo se hacía entretenimiento, sino cultura. Arte. Cine. Ahora, es en blanco y negro y de ritmo pausado, hay que verla queriéndola disfrutar. Cinefiliabilidad 6.

"¡Será... pomposo, carajaula, inflagaitas, inglés, señoritingo, botarate, pedorrero, meapilas, gilipollas, capullazo!" Si no coges esta frase, tienes que ver más cine.

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